Te soñé, y en mi sueño no eras como tú, ni siquiera cerca o parecido. Volabas y en la tierra sentabas a reírte, a pintar con nubes el reflejo del Sol. Mirabas fijamente a los insectos, tocabas melodías con cada flor, posabas tus labios suavemente para besar el aire. Todo era capaz de sorprenderte cuando todo conocías. Caminaste hasta el riachuelo, sediento de paisajes que combinaran con el latido de tu corazón, extasiado de la brisa cayendo sobre el lunar de tu espalda. Mirabas el horizonte lejano, lejano vacío y no importaba, te mojabas de arena y el sol no te quemaba. Lentamente como vacilando te acercaste a tocar mi voz: inmune ya ante el deseo de pertenecerte. Antes de que la hoja recién desprendida tocara el suelo de otoño, mi silencio ya era tuyo y tú seguías erguido de emoción al mirar mis grandes ojos. Tu alma cayó a una piedra derritiendo de pureza aquella pesada carga. Tu sonrisa indicó la puesta de sol detrás del árbol mágico del primer beso y fue descendiendo tan rápido como el eco alcanzaba tu canto de arrullo. Un ligero silbido casi te salva de quedarte ahí, en medio de una tormenta sin lluvia, de un grito sin ruido, de un sueño sin dueño. Tu piel dorada apenas se reconocía dentro de aquel caos, limitando lo más bello a ser deseo. Brotaban de tus ojos suspiros de hierro condenado a ser veneno, pues lo magnífico siempre es anhelo. Un suspiro más… y habrías muerto.
Salma Rivera
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