Y aquí estoy, con la complicidad del calor que despide la olla mientras intento entre otras cosas, prepararte un tentenpié. Para que llegues y con esa sonrisa te adueñes una y otra vez más de mi cuerpo, que te espera con ansias sobre un sillón, ese mismo que hace un tiempo te dio la bienvenida a este “nuestro hogar”. Y sin duda alguna sé que pondrás el coche en el mismo lugar, cerrarás la puerta con la misma fuerza y tocarás el timbre con esas mariposas en el estómago, dulcemente arrullando tus miedos y tu ingenuidad. Sé también que cruzarás la puerta del recibidor con el entusiasmo de los tantos otros días, feliz de haber llegado, extasiado aun más por lo que sabes que vendrá. Yo corriendo voy a besarte, abrazarte, a aguantarme las ganas de decirte cuánto te extrañé las últimas 24 horas, en tu ausencia. Pero mágicamente antes de que importe demasiado para decirlo estaré sobre tu piel, regálandole a la mía tus caricias, robando de tus labios mordidas hechas de miel, miradas nacidas del amor, nuestro amor. Tú pondrás en tu carita esa expresión de frenesí que más tarde caerá sobre mi piernas: condenadas a tu ir y venir sin fin.
Y en medio de gemidos, gritos, miradas y caricias, triunfarás sobre la colcha sudando el amor que te hace preso sobre la misma cama que siempre te ha dejado en libertad. Suspirarás a mi lado, descansaremos unos minutos juntos, con suerte un par de horas. Oirás el mismo peculiar sonido que tu móvil deja salir sin importarle mi apenas corazón vivo, tendrás que irte antes de que puedan mis labios pronunciar el ofrecimiento de una plática más sobre la mesa compartiendo alimentos. Y yo te veré tomar tus ropas al mismo tiempo en que yo acomodo mis emociones. En instantes sé que un grito ahogado escurrirá en mi garganta mientras tu cierras tu camisa blanca que huele a trabajo, a cansancio, a desesperación, a sexo de amor. Para cuando tus zapatos estén completamente amarrados yo estaré ya resignada a otra partida sin explicación implícita. Y dolida te dejaré ir, sonriéndote te diré que te espero de nuevo al día siguiente, el año siguiente, la vida siguiente…
Entonces llegas, pero algo pasa, todo sucede, y esta vez cómo sucede. Temblando escucho tu teléfono, es hora -me digo-. Tú confundido tomas el saco y lo posas sobre el tocador, algo pasó y de pronto no puedes irte. Me miras buscando una respuesta en mis ojos escondidos bajo una fingida sonrisa. ¿Qué vas a hacer? ¿Qué puedo decirte? Yo que no soy, ni pretendo ser tu dueña, yo quien nunca te ha ofrecido quedarte, y no por falta de ganas. Yo que siempre he respetado tu andar, quien siempre te ha puesto a ti primero…
Pasan algunos minutos y tú de nuevo te recuestas, yo con miedo hasta de hablar me quedo intacta. Repaso señales rápidamente para saber qué es lo que está pasando. Pero entonces de la nada, sin titubeos, sin miedos, sin angustia… escucho salir de tus labios lo que siempre había esperado.
-Salma Rivera
No hay comentarios:
Publicar un comentario